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Pedro niega a Jesús

Pedro niega a Jesús
Los cuatro Evangelios recogen un episodio en el que el apóstol Pedro negó a Jesús tres veces la noche de la traición de Cristo en el patio del sumo sacerdote. En cada uno de los relatos, su primera negación es en respuesta al desafío de una sirvienta. Inmediatamente después de la tercera negación, un gallo canta, haciendo que Pedro recuerde la predicción del Señor. Pedro se aleja y llora con amargo remordimiento.

Pedro niega a Jesús Resumen

Jesucristo y sus discípulos acababan de terminar la última cena. Jesús reveló que Judas Iscariote era el apóstol que lo traicionaría.

Entonces Jesús hizo una predicción inquietante. Dijo que todos sus discípulos lo abandonarían durante su tiempo de prueba. El impetuoso Pedro juró que, aunque los demás se alejaran, él permanecería fiel a Jesús pasara lo que pasara:

"Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte". (Lucas 22: 33)
Jesús le contestó que antes de que cantara el gallo, Pedro lo negaría tres veces.

Más tarde, esa misma noche, una turba llegó y arrestó a Jesús en el Huerto de Getsemaní. Pedro sacó su espada y le cortó la oreja a Malco, el siervo del sumo sacerdote. Jesús le dijo a Pedro que guardara la espada. Luego se llevaron a Jesús a la casa de José Caifás, el sumo sacerdote.

Siguiendo a distancia, Pedro se coló en el patio de Caifás. Una sirvienta vio a Pedro calentándose junto al fuego y lo acusó de estar con Jesús. Pedro lo negó rápidamente.

Más tarde, Pedro fue acusado de nuevo de estar con Jesús. Inmediatamente lo negó. Finalmente, una tercera persona dijo que el acento galileo de Pedro lo delataba como seguidor del Nazareno. Invocando maldiciones sobre sí mismo, Pedro negó con vehemencia que conociera a Jesús.

En ese momento cantó un gallo. Al oírlo, Pedro salió y lloró amargamente.

Después de la resurrección de Jesús de entre los muertos, Pedro y otros seis discípulos estaban pescando en el mar de Galilea. Jesús se les apareció en la orilla, junto a un fuego de carbón. Pedro se zambulló en el agua, nadando hasta la orilla para encontrarse con él:

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Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas de verdad más que éstos?"
"Sí, Señor", dijo él, "tú sabes que te amo".
Jesús dijo: "Apacienta mis corderos". De nuevo dijo Jesús: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas de verdad?".
Él respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te amo".
Jesús le dijo: "Cuida de mis ovejas". La tercera vez le dijo: "Simón hijo de Juan, ¿me amas?".
Pedro se sintió herido porque Jesús le preguntó por tercera vez: "¿Me amas?". Él respondió: "Señor, tú lo sabes todo; sabes que te amo".
Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven te vestías solo e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo extenderás tus manos, y otro te vestirá y te llevará a donde no quieres ir". Jesús dijo esto para indicar la clase de muerte con la que Pedro glorificaría a Dios. Entonces le dijo: "¡Sígueme!".
(Juan 21: 15-19, NVI)
Este suave intercambio entre Jesús y Pedro mostró que el apóstol había sido perdonado y restaurado en su lugar de liderazgo. Tres veces Pedro había negado al Señor. Ahora, tres veces afirma su amor por Jesús. Asimismo, tres veces el Señor le encarga a Pedro que cuide del rebaño.

Las causas de las negaciones de Pedro

No podemos decir que Pedro no haya amado a Jesús. Desde el inicio se entusiasmó con el Maestro y con la proclamación del reino, dejándolo todo para seguirlo (Mc 1,16-18). Sí, Pedro había dejado todo por el Señor. Entonces, ¿cómo fue posible que llegara a este punto dramático de su vida en que negó conocerlo?

Las causas hay que buscarlas a nivel espiritual, es decir, al interior del proceso de fe vivido por Pedro, y son fundamentalmente tres: Pedro se creyó mejor que el resto del grupo, estaba demasiado seguro de sí mismo y pensó que era él quién debía salvar a Jesús. Veamos las tres causas separadamente:

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La primera causa es la arrogancia de Pedro que desprecia a sus hermanos. Cuando Jesús anunció en la última cena que todos lo abandonarían (Mc 14,26), Pedro le respondió en modo intempestivo y casi altanero: “Aunque todos te abandonen, yo no” (Mc 14,29). Pedro pensaba que todos los demás eran capaces de abandonar al Maestro, excepto él. Él era distinto. Como el fariseo de la parábola, que daba gracias a Dios porque no era como el resto de los hombres: ladrones, injustos, adúlteros, etc. (cf. Lc 18,9-14), también Pedro creía estar hecho de una pasta distinta de la que estaban hechos los demás hombres. Pedro no sólo se creyó mejor, sino que incluso llegó a juzgar a los demás, olvidándose de la palabra de Jesús: “no juzguéis y no seréis juzgados” (Mt 7,7). La vida le enseñó que no era mejor que los otros, que él también era capaz de negar y abandonar a Jesús.

La segunda causa es la exagerada confianza que Pedro tenía en sí mismo. Por sí solo se cree capaz de hacer grandes cosas por Jesús. En la última cena, cuando Jesús anunció que sería abandonado por todos, Pedro le dijo: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré” (Mc 14,31). Y parece ser que todos los demás compartían también este mismo sentimiento, pues el evangelio añade: “Y todos decían lo mismo”. Pedro se creía fuerte y pensaba que con sus propias fuerzas sería capaz incluso de morir por Jesús. Este fue su gran error. Se olvido de lo que dice el Salmo 62, que el hombre es como “una pared que está a punto de caerse o como un muro agrietado” (Sal 62,4). Por eso este mismo salmista oraba así: “Sólo Dios es mi roca, mi salvación y mi fuerza: ¡no seré derrotado!” (Sal 62,6). Qué distinta a la actitud de Pedro, que estaba tan seguro de sí mismo y se olvidaba de poner su confianza en Jesús.

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La tercera causa es la idea equivocada que tenía Pedro, que pensaba que su misión era salvar a Jesús, olvidándose que es siempre Jesús el nos salva a nosotros. Pedro le prometió a Jesús no abandonarlo (Mc 14,29) e incluso llegar hasta la muerte por él (Mc 14,31). Estaba convencido que podía hacer algo por evitar el dolor y la muerte de Jesús. El evangelio de Mateo nos recuerda incluso que uno de los discípulos, que seguramente pensaba como Pedro, cuando llegaron a prender al Señor en el Huerto, “sacó la espada y, dando un golpe al criado del sumo sacerdote, le cortó una oreja” (Mt 26,51). También éste pensaba que se debía imponer la fuerza humana en los planes de Dios. A éste, Jesús le reprendió fuertemente aquella noche del prendimiento: “Guarda tu espada, que todo el que pelea con espada, a espada morirá” (Mt 26,52). Jesús no sólo condena abiertamente todo tipo de violencia, sino que deja claro que no es la fuerza del discípulo la que dará la salvación, sino la entrega del Maestro que, pasando por la debilidad de la cruz y de la muerte, fortalecerá a los discípulos después de su resurrección. No es el discípulo el que salva al Maestro, sino que es el Maestro el único Salvador del discípulo.

moraleja de la historia

El relato subraya que, a pesar de nuestras propias debilidades, fracasos y pecados humanos, Jesucristo está deseoso de perdonarnos y restaurar nuestra relación con él. La orden del Señor a Pedro de cuidar de sus ovejas significaba que Pedro había sido plenamente perdonado y restaurado. No importa los errores que cometamos en el pasado, no importa lo lejos que caigamos, Jesús quiere restaurarnos a un lugar de confianza.

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